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Me había tomado si acaso dos tragos de ron allí sentado. Para que yo empiece a dudar de mi cordura y raciocinio tendría que haberme tomado unos nueve similares a esos. Si hubiesen sido nueve acepto haberme equivocado, pero ¿solamente dos?, no podía creerlo. Todavía se veían en mi vaso los cubitos de hielo humeantes a medio derretir y medio dedo de  agua parda vacilante en el fondo, a merced del calor de aquella noche. Yo estaba sentado de cara al mar, casi podía sentirlo ir y venir a mis pies, tenía mis piernas cruzadas y el pantalón un poco levantado de manera que dejaba ver mi escuálido y pálido tobillo. Recién acababa yo de pedir el siguiente trago, ya estaban por traérmelo. Como era un lugar al borde del mar, habían chicos sentados en el barandal de espaldas al mar, yo miraba a una chica en particular desde que terminaba mi segundo trago (segundo, estoy seguro), era una rubia hermosa, poco elegante, llevaba un pantalón negro y una blusa de tirantes blanca que dejaba ver la hermosa forma de sus senos. Su cabello rubio brillaba incluso de noche. El brillo de su cigarro, al inhalarlo, dejaba ver unos ojos claros contorneados por hermosas cejas. No pude ver claramente qué llevaba en los pies, ni determinar exactamente el color de su pantalón, en ese momento se me ocurrió compararla con una sirena. Una sirena que fumaba, y me reí para mis adentros. Al parecer estaba sola, al igual que yo, sólo que ella fumaba y yo tomaba ron, pero ambos parecíamos contemplar el mar y disfrutar de los privilegios calmantes de los vicios legales. Un farol que iluminaba a lo lejos dejaba al descubierto la estela ascendiente del humo del cigarro, las únicas veces que dejaba de verla me quedaba siguiendo la danza de las bocanadas de humo que parecían armonizar con la parsimonia de las olas, luego ponía la mirada fija en el destello de nicotina ardiente que servía como faro para acallar la mirada en sus ojos por unos segundos, mientras duraba la inhalada. Me mantuve en éste ir y venir durante casi diez minutos, el ron tenía éste mismo tiempo de estar en mi mesita y me percaté muy tarde, ya el hielo y el ron eran un solo líquido pardo otra vez, me lo tomé de un sorbo para no perder tiempo en otras cosas y seguir mirando a la “fula hermosa”  ­—porque ya le había puesto nombre a esa altura de la noche—. La conocía mejor que cualquiera que estuviera en aquel lugar, aquella noche. Sé que cada diez segundos posa sus hermosos labios en el filtro de aquel cigarro y absorbe con ternura, sé que la llamarada se aviva cada vez que esos labios tocan el cigarro y puedo ver su mirada, cada diez segundos. Sé que mientras se lleva el cigarro a la boca se apoya con la otra mano en el malecón, como procurando siempre nunca darme la espalda. Sé que le gusta el mar y sus encantos. Sé que recuerda momentos tristes al mirar al horizonte (pues cada diez segundos miro su mirada mirar) por cómo constriñe la comisura de los párpados al posar su mirada en el horizonte. De que tenga lindos ojos y buenas tetas lo sabe cualquiera, yo sabía más. No estaba seguro si no le gustaba el ron cuando fumaba, o si no tomaba alcohol. Estuve a punto de preguntárselo al mesero, a ver si la conocía, pero no, preferí tacañamente no incluir a nadie más en mi —ya obsesiva— observación de la “fula hermosa”. Iba a invitarla a un trago, no había duda. Ya todo estaba planeado, hablaríamos de lo hermoso que es el mar y el sonido de las olas al llegar. Hablaríamos de lo hermoso y relajante que era mirar el mar y fumarse un cigarro y tomarse un ron (en caso de que tomara). En lo relajante que era dejar que el mar se llevara los pensamientos que nos perturban y nos roban la calma. En sacar nuestros problemas por la boca en bocanadas livianas que parecen tener un itinerario comprometido con las alturas, y suben sin tregua, danzando o que esos mismos pensamientos los ahogáramos dentro con ron, quemándonos el pecho para evitar que escalen y nos carcoman el pensamiento (esto en caso de que tomara ron). Hablaríamos de lo cómodo que era vestirse poco elegante, del aspecto rebelde de sentarse en el malecón a fumar en lugar de buscar una mesa. Hablaríamos de lo melancólico que era arrugar los ojos al mirar al horizonte, colocar la mirada tan lejos de uno y al mismo tiempo el pensamiento profundamente, tan adentro, en nuestra alma turbada. Hablaríamos de lo hermoso que estaba aquel lugar, que siempre íbamos los miércoles después del trabajo o los viernes antes de ir a casa o cuando nos tomara por asalto la melancolía. Hablaríamos de lo rico que estaba el trago o el cigarro, de lo buena y discreta atención que tenían en ese hermoso lugar. Hablaríamos incluso (si resulta buena conversadora) de lo tonto que era ignorar las sutilezas de la vida, como mirar el mar, y preferir ir a casa a mirar la tele. Hablaríamos de lo mal que nos trata el jefe, o lo mal que la pasamos desempleados. Hablaríamos de que vivimos solos y que no esperamos nada de nadie. Hablaríamos de que si vamos a la casa de ella o a la mía. Hablaríamos que su blusa dejaba ver la mitad de ese par de cúpulas carnosas que se levantaban sobre su pecho, de que si me lo permitía podría ser yo como Miguel Ángel y mi lengua el pincel y ese par de cúpulas la capilla Sixtina. Hablaríamos de su mirada y de la mía, de que me gustaba mucho, de que ¿cómo era posible que ella estuviera allí mirando al horizonte, sola? Hablaríamos que si en la casa de ella o en mi apartamento, que si pedíamos otra ronda y fumábamos otro cigarro. De repente haríamos pausas para mirar el mar  y recordar nuestros problemas, ahora juntos, con más fortaleza que antes. Hablaríamos de lo sorprendidos que estábamos de encontrar alguien tan similar a nosotros, en el lugar donde solíamos concurrir un día que no teníamos aquello en mente. Reiríamos después de esto último. Luego, después de la risa ella bajaría sus pies del malecón (porque ya los había subido y juntado las piernas, por el frío) y me tomaría del brazo y nos dirigiríamos a su casa (o mi apartamento). Recordaría a la salida que me iba sin pagar la cuenta y regresaría a pagarla, y nos iríamos luego entre carcajadas, disfrutando de mi tonto error de enamorado olvidadizo. Definitivamente despertaría al día siguiente en su apartamento, junto a ella en la cama, probablemente tenga un cenicero en su mesita de noche (o en la mesita del balcón, si es de esos apartamentos que tienen balcón), con el aroma de mi perfume impregnado en las sábanas al mismo tiempo que el rastros de humo de cigarrillo con rumbo errante atrapados entre los pliegues de las almohadas. Sin duda me hubiese despertado primero que ella (me suele suceder cuando no duermo en casa) y la contemplaría ahora diferente, sin el mar y sin cigarro. Con su hermoso cabello rubio revuelto por el constante roce violento de mis manos por la excitación de la víspera. O quizá despertaría en mi casa, sin cenicero. Le hubiese dicho que depositara sus cenizas en el piso, que fumara mientras yo besaba su cuerpo en la penumbra, que se iluminaba cada diez segundos como para no desviarme del rumbo, como si no bastase con mis manos invasoras. Me hubiese despertado después de ella. Quizá despierte solo en mi habitación, con una nota de ella en el espejo, o simplemente con el recuerdo vivo de una rubia que dejó mis sabanas con un cóctel de tabaco y colonia, y que posiblemente la encontrara de nuevo esa noche para repetir la aventura. Quizá me hubiera dicho que ella no repetía el mismo tipo dos noches seguidas, o a lo mejor que nos quedáramos ahí contemplando el mar, ella fumando y yo tomando. Sin duda, me pararía e iría directo a ella.

Terminé de tomarme el líquido marrón de mi vaso, no había rastro de hielo ya. La miro por unos segundos para llenarme de valor y estudiar el plan a cabalidad (el trago, lo bonito del mar, problemas, el cómodo vestir, el horizonte, el lugar, el cigarro, de mirar la tele, del jefe, vivir solos, a qué casa vamos, hermosos pechos, nuestras miradas, la soledad, su casa o la mía, pausa para mirar el mar, casualidad, hacerla reír, despertar con ella). Listo, a la carga.

Cuando la miro, al terminar de repasar el plan, no me había percatado hasta ese momento que ya llevaba unos tres cigarros. Dejaba los filtros ordenados sobre el malecón, parecían muertos en fosa común, con su uniforme ocre. La veo encender el último cigarro con cierta dificultad pues la brisa azotaba ahora más que nunca. Nunca, en todo el tiempo que llevo conociendo a mi “fula hermosa”, la vi encender un cigarro y luchar contra la brisa, con un mezcla de cólera de vicio y necedad femenil. Al encenderlo parece disfrutarlo más que los demás, ahora está de perfil, puedo ver su cigarro cuan largo es posar sobre sus labios, con destellos cada diez segundos, sólo que ahora inhalaba con mayor fuerza, tal vez porque era el último (esto me conmovió un poco). Cuando el cigarro iba por la mitad, la lumbre no se apagó hasta que el cigarro tuvo su final fatal. Al ir por la mitad, he visto algo sorprendente, por eso aclaro que sólo llevaba dos tragos de ron. Al ir el cigarro por la mitad, ella absorbe pero no se detiene, mira fijamente la motita naranja y mortal que se dirige hacia ella y sus hermosos labios, una mirada perturbadora, su cuello se hunde al crear el vacío para absorber toda la nicotina, o qué se yo. Al ir consumiéndose el cigarro, en su ardiente caminar, sus piernas empiezan a desaparecer paulatinamente (ya estaba de pie), luego sus rodillas, muslos; ya casi terminando su abdomen, toda ella parece estar siendo absorbida por tan diminuto cigarro, pareciese convertirse en las cenizas que dejaba por el otro extremo, como estela polvorosa, la llamarada naranja en su mortal avance. A medida que succionaba ese cigarro (sin botar el humo ya desde la mitad) ella también iba desapareciendo. A tal punto que cuando quedó la colilla, ella ya no estaba. La colilla cayó sobre el bultito de cenizas. Un poco distante de las otras colillas que estaban organizadas como durmientes en el ferrocarril, al lado, la cajetilla vacía de fósforos.

Todos mis planes se fueron al piso, miré alrededor para ver si alguien había visto aquel espectáculo alucinante. Traté de recordar cuántos tragos me había tomado, la cuenta no daba más de dos. Todos siguen conversando. Hay más gente que cuando llegué. Fijo la mirada en una pelirroja hermosa, esta vez estaba bajo un farol. La podía ver con mucho mejor detalle. Pido la cuenta casi vacilante, por si la “fula” volvía, pero no, el bultito de cenizas aún estaba allí. Al pagar la cuenta me quedo atónito al ver a la pelirroja tomarse el trago de ron con sorbos profundos, de inmediato corro al muro donde estaba la “fula” y meto el bultito de cenizas en la cajetilla de fósforos, ayudándome con la colilla que sobró. Salí corriendo sin voltear. No quería ver yo una mujer ahogándose con ron y tener que recoger los vidrios del vaso al caer.

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2 Respuestas a “Cigarro

  1. Darena ⋅

    estoy esperando que posteen el poema que me escribieron, que creo que me escribieron y que esperaba fuera para mí…

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