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Alter Ego

“El que aspira a parecer, renuncia a ser”

(José Ingenieros, El hombre mediocre)

Alter Ego

El día había pasado sin más sobresaltos hasta el momento, por supuesto que yo no sabía que aquello iba a suceder. Dispongo yo de salir de mi oficina, caminando como siempre, hacia el café que estaba en la otra cuadra. Al bajar a la acera cruzo  inmediatamente la calle, para verme en el espejo del banco, pues en esta ciudad hay que guardar la apariencia. Mi cabello sin ninguna irregularidad ni intento de rebeldía, negro como siempre, mi barba de dos semanas y mi hermosa camisa negra, que sólo me la ponía para ocasiones especiales, aunque aquel día no tenía nada de especial, fue una decisión improvisada que tomé aquella mañana. Al mirar el reflejo que daba el vidrio del banco, la acera de enfrente, veo pasar un hombre alto, misterioso e iba caminando con paso pausado. Por un momento tuve el temor que me fuera a robar, en esta calle pasa de todo, por esto me di la vuelta para mirarlo directamente, pero solo con verlo pude notar que tenía un semblante pusilánime y evasivo, al momento que lo miré a los ojos clavó la mirada en el piso. No pude mirar más, pues los autos no me dejaron ver. Al llegar al café me siento en la barra, donde siempre lo hacía los lunes después del trabajo, un par de cafés, dulces, croissants y de vez en cuando conversaciones con los otros propietarios de negocios y colegas de la zona, en fin, concurría gente de negocios.

Como es costumbre, pido un capuchino y un pastel de vainilla. Venía con una capa de crema encima, y una cereza. Suelen servir muy buenos pasteles en ese café, sobre todo en la tarde, aunque cuando nos reunimos a conversar entre varios nadie se atreve a comer uno de esos con temor de dejar la mesa llena de pastel medio masticado, porque saben que esas conversaciones casi siempre terminan en disputas y porfías. Recuerdo que un día el mismo dueño del café casi se ahoga con una trufa que le quedó en la garganta, no le quedó más remedio que tomarse el café casi hirviendo que le habían servido. Desde ese día también venden bebidas frías. Estuvo sin hablar por más de dos semanas, y estuvo bien porque no hacía más que hablar estupideces de sus muchas mujeres.

Al momento que me ponen la taza de café, veo entrar al mismo tipo misterioso que vi hace un rato, del cual ya me estaba olvidando por cierto, y volvió en mi esa sensación de intriga. Entró por la puerta principal del café. Lo reconocí apenas entró, al principio me pareció alguien que había conocido en algún tiempo, o algún cliente, pero luego recordé que era solo el tipo raro que había visto hace unos minutos.

—    Se le ve menos agitado -Pensé-. Incluso se le ve airoso.

Me dediqué a observarlo. Tenía un cabello casi tan negro como el mío, aunque el de él estaba despeinado y feo. Una barba como de dos semanas, pero se nota a leguas que no se la cuida ni acicala. Su camisa era un asco, camisa color crema con cuadros negros y blancos, ajada, tenía el cuello desgastado víctima de la aspereza del tiempo, y uno que otro hilo perdido, retando a las puntadas de la aguja.

—    Éste no se sabe vestir, o no se ha visto en un espejo – Pensé inmediatamente.

Su forma de caminar demostraba que estaba totalmente sumido en sus pensamientos, por un momento pensé que contaba los mosaicos del piso, luego me di cuenta que tenía razón. Pero qué puede pensar un andrajoso como éste, apuesto que ni trabaja el estúpido. La mirada fija en el suelo, pensativo, las manos en los bolsillos con los pulgares afuera y caminando lentamente, como sacando cuentas. Pude percatar que su mano derecha movía algunas monedas en el bolsillo.

—    Este pordiosero anda limpio, no tiene un para comprarse un café. No deberían dejar entrar a estas personas aquí. Aquí viene gente importante. –dije para mis adentros.

Cuando se para al lado mío pide un chocolate caliente. Al principio me causó repugnancia que se sentara tan cerca de mí. Temía que me hablara, pues los demás clientes iban a pensar que yo conocía a gente de esta calaña y podría pasar yo una gran vergüenza por culpa de éste bastardo. Tenía un olor  que penetraba espesamente, como el que deja el sudor en su ir y venir por los días, y traía a mi mente cierto grado de compasión. Lo miro de arriba abajo, con mi cara de: Lárgate de mi lado, imbécil. Noto que lleva puesto un pantalón negro, tan negro como mi camisa y mi hermoso pelo. Parece caro, pero no me convence. Sus medias del mismo color y unos zapatos, sin cordones, que se veían muy bien con el pantalón. Sin duda su parte de abajo no concuerda con su camisa ni con su horrible y descuidado aspecto.

Ha de ser un imbécil que solo quiere aparentar. Al terminar mi café, porque el dulce hace rato yacía en mi estomago, comprendí lo que finalmente me robaría la calma el resto del día. Me percaté que sus zapatos, medias, su hermoso pantalón y su correa eran perfectamente lo que le faltaba a mi solitaria camisa.

De pronto me asaltó un pensamiento atrevido, me dije – ¡Coño!, este tipo es mi parte de abajo. Me di cuenta que él era derecho y yo izquierdo. Que pidió chocolate caliente y yo café, que estaba descuidado y yo hermoso, en fin que tenía mi parte de abajo. Entonces empecé a seguirlo con la mirada, atento a cualquier movimiento que revelara alguna otra contrariedad. Luego me percaté que no tenía casi dinero en su billetera, ¡ni siquiera tarjetas de crédito!, sin embargo yo tenía lo suficiente para comprar toda esa cuadra sin el menor esfuerzo. No tenía reloj, y yo tenía muchos. Su apariencia era horrible, la mía era hermosa, atractiva. Sus facciones son las de un tipo sumiso, algo lánguido, aunque su mirada busca algo, creo que es curioso. Al contrario, yo soy extrovertido, avispado y procuro que mi mirada muestre seguridad siempre, sobre todo con mis clientes.

­Llegué a pensar que aquel tipo era totalmente opuesto a mí hasta el más ínfimo detalle, mi ropa y todo lo mío era impecable y lujoso, lo de él no era más que lo que podía vestir un mendigo, a no ser por su excelente pantalón y sus zapatos. Decidí seguirlo al salir del café. Afortunadamente vivía en la otra cuadra, en un apartamento en el tercer piso. Para disimular seguí subiendo por aquellas mugrosas escaleras, agarrándome al pasamano, obviamente, con mi pañuelo de seda sin tocar nada.

Cuando abre la puerta veo que su apartamento es del tamaño de mi walking-closet, y estaba repleto de libros. No soportando más la curiosidad pongo el pié evitando que cerrara la puerta. Pude ver su miseria. También pude ver que sabía perfectamente que lo seguía. Entonces me di cuenta que todo era verdad, era exactamente lo opuesto a mí hasta el más ínfimo detalle. Le eché un vistazo a sus libros, a su rostro (ya no me importaba el hermoso pantalón negro, ni la sucia camisa), y entonces me di la vuelta, más miserable que él.

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Una respuesta a “Alter Ego

  1. hey, ta bueno el cuento, lo leí hace unos días pero no habia podido opinar. Uno siente una vibra bien oscura leyéndolo, así tiempo de POE.
    Saludos y sigue dándole a la pluma y al papel!

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