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La mala noticia

La Mala Noticia

Se despierta, de rutina se restriega los ojos con las muñecas a la vez que estira las piernas y algunos músculos de la cara, todavía sin dientes. La dentadura reposaba en la mesita de noche  sumergidos en una salmuera de varios días, compuesta de agua del grifo y restos de comida y saliva que se desprendía de aquello. El vaso transparente dejaba ver una sonrisa solitaria flotante. Por el silbido de la cafetera de la casa de la vecina sabe perfectamente qué hora es. Todavía acostado, hace sus primeros ademanes de despierto, como sobreviviente de naufragio abandonado por el azar del oleaje en la playa, y se incorpora lentamente en el nuevo  y agitado día, en medio del estruendo de la cama vieja.

Aún sentado mira el crucifijo de la pared, da un rezo frugal y se oye el quejido de los esprines del colchón por el maltrato del tiempo a medida que se para.  Toma con el índice y el pulgar su dentadura, con un gesto en el rostro de repugnancia, porque él mismo sabía el tiempo que tenía sin cambiar aquella salmuera.

La habitación era pequeña y oscura, con el olor que dejan los elefantes viejos al morir. Sobre la cama un crucifijo y al lado la mesita de noche, era verde olivo pero los años le habían quitado la vida al color y le habían puesto una capa de cal y la marca perenne del vasito de la dentadura. A un costado de la habitación, en la pared opuesta a la de la ventana estaba el mobiliario para la ropa, que constaba de un tubo que estaba sostenido en ambos extremos sobre el cual se guidaba la ropa. Tenía unas siete camisas y cinco pantalones, justo debajo estaban sus zapatos y un juego de medias. En la pared de enfrente la ventana, con marco de madera de cedro pintada de azul, y una pequeña pieza de madera del mismo color que se cerraba en las noches de viento. Era la ventana por donde entraba el sol en las mañanas. En la pared que estaba justo enfrente de la del crucifijo había un mueble, color verde olivo, igual que la mesita de noche, con todo y una capa de añejamiento y olvido encima. Tenía dos puertas anchas, dentro tenía su pequeña botica, almanaques, el santoral, rosarios, velas, otro par de medias, un poco de dinero, una caja de zapatos nuevos, una biblia, telarañas en los ángulos internos del mueble, todo sumergido en un aroma rancio que se supone dejan las termitas al eructar.  A un lado del ropero estaba la puerta, la cual daba con el resto de la casa: la sala, la cocina y el baño.

Luego de revisar el almanaque y el santoral observa por la ventana el horizonte todavía en penumbra. Pensó para sus adentros que para esa pobre gente el día era más corto. Arrastra sus viejas chancletas negras emitiendo el sonido de las hojas secas sobre el asfalto en una ventisca, sus movimientos lentos revelan su senectud con cierta cadencia de madurez y experiencia. Sus manos, aunque temblorosas a esta altura de la vida, todavía sostienen firmes los objetos, incluso las convicciones.

El sonido de las hojas secas en la ventisca se escucha hasta  la cocina, toma una olla bastante marcada por el uso y las caricias del fuego en su metálico vientre, la llena con agua del grifo y la pone en la estufita para hacer el café. Mientras el agua hierve va al baño, observa en el espejo el rostro agrietado por los años, y sus ojos perdidos tras una niebla que no le deja ver como antes, como ojos de plomo. Observa sus párpados caídos y su dentadura que no pertenece a su edad, todo junto le da un aire de languidez y benevolencia, aspecto de hombre respetable pero viejo. Regresa a la cocina, se sirve el café, dos panes y un trozo de queso blanco que sumerge en el café negro. Se sienta en la mesita que tiene frente a la estufa a mirar el calendario que estaba en la pared contigua. Mira por la ventana que hay frente al fregadero y observa la lámpara del vecino todavía encendida, con un sol que ya empezada a picar. En el patio que hay entre ambas casas vio el césped todo cagado por las gallinas, como si a una estampida de avestruces en fuga las hubieran agarrado las ganas de cagar justo en medio del patio, y dejaron un manto blanco sobre el pasto y los jazmines.

Al notar que la luz del vecino se había apagado supo al instante qué hacer. Terminó en dos sorbos el café, y se le olvidó la mitad del queso blanco en el fondo de la taza. Reposaba ignorante de la situación alarmante y todo manchado de chocolate por el café, inmóvil como un coágulo junto a los restos de las bruscas del café que nunca se disolvió. Las sobras del pan se las tiró a las gallinas, las miró con atención y les dio un regaño con la mirada recordando el manto blanco que habían dejado en el patio fuera de la cocina.

Con movimientos casi desesperados irrumpe en la rutina del día, casi ritual y se dirige a su habitación tan rápido como pueda caminar, va directamente al mueble color verde olivo con la capa de añejamiento que está en frente a la pared del crucifijo, entre el ropero y la ventada. Revisa debajo de la colección de almanaques donde tenía una caja con un par de zapatos nuevos, la saca y la pone al pie de la cama, busca en el ropero la mejor camisa y el único traje que tenía. Curiosamente verde olivo al igual que los muebles. En uno de los bolsillos del saco tenía una corbata negra, ideal para la ocasión. Se sienta en la cama y hace una pausa entre todo el revuelo que él solo había armado en su casa. Empieza a recordar dónde es que vive la familia del vecino y cómo le va a dar la noticia. Cuando lo tiene listo, retoma con cierto rigor acelerado el arduo proceso de vestirse para hacer las diligencias que manda la muerte.

Se quita con calma la pijama veteada y las chancletas, se coloca primero los calcetines color café con tres rombos, uno sobre otro, de color verde olivo. Luego se levanta para ponerse el pantalón con la suficiente suavidad como para evitar arrugas innecesarias, se lo ajusta a la cintura y observa lo bien que se ha conservado el pantalón. Se coloca la camisa, con cuidado de no saltarse ni un ojal, los revisa todos con delicadeza pues no veía bien en la penumbra de la habitación de la cual emanaba un hálito fúnebre pero no del que dejan los elefantes viejos al morir, sino del que dejan las verdades que nunca nos atrevemos a decir y sin embargo estaba ahí, vistiéndose como lo había premeditado con la ropa que tenía preparada para esa diligencia.

Cuando ya está listo pasa a revisar el santoral. Busca con detenimiento la fecha y dice en un tono enronquecido, casi jadeante:

–          Veinticinco de marzo, Anunciación a María. Coño, lo que me faltaba.

Cierra ambas puertas y da media vuelta hacia el ropero. No se dio cuenta de la cagada de pájaro que había en el marco de la ventana y cuyo hedor se opacaba por la atmósfera fúnebre de la habitación. Toma el sombrero del ropero y el rosario que tenía alrededor del crucifijo de la pared, detrás de la cama.  Se oculta su melena gris bajo el sombrero, verde olivo también con una cinta negra en la base de la copa. Sale de la habitación olvidando cerrar la ventana por la cual ya no se veía ni un pedacito de horizonte en penumbra, se dirige a la cocina para tomar un vaso de agua y un cigarro que tenía guardado. Mira nuevamente la luz encendida por la ventana que hay frente al fregadero y se quita el sombrero mirando ahora la casa vacía. Baja la mirada y ve la pila de mierda en el patio, hace un gesto de molestia y cierra la ventana para que no se vengan a cagar en los platos. Toma las llaves y el reloj que tenía en la sala y destraba los dos picaportes de la puerta de entrada. La vecina lo miró con extrañeza, pues estaba más elegante que de costumbre y ese día no había misa temprano. Salió por un lado del portal y miró una vez más la mierda blanca que cubría gran parte del patio entre ambas casas, como buscando una explicación a tanta mierda. Al pasar por enfrente de la casa vecina se quita el sombrero una vez más y cierra los ojos, hace un gesto de compasión con el rostro y sigue. Toma el camino más largo para poder fumarse el cigarro completamente y pensar en el mensaje que tiene que dar.  A pesar de su físico bastante viejo, su mentalidad y sagacidad al hablar le quitaban todo el aire senil que un anciano puede tener.

Cuando venía de regreso con las manos en los bolsillos, pasa frente a la casa del vecino, no solo la lámpara estaba apagada sino que la casa ya no estaba, pero la mierda, la mierda todavía estaba ahí.


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2 Respuestas a “La mala noticia

  1. Sentí el olor a mierda de gallina. Sinceramente, no entendí el final, pero el cuento está muy bueno.
    Saludos!

    • Eric Lucero ⋅

      Muchas gracias por leerlo…si el final está raro, creo que solo yo lo entenderé (si acaso). Muchas gracias por visitar el blog.

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