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Joaquín y uno menos.

Joaquín y uno menos.
Otro cuento, esperando a ser comentado y criticado. Espero les guste. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Primero unas frases pa´ pensar….

“Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro.”
Groucho Marx (1890-1977) Actor estadounidense.
“La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo.”
Gilbert Cesbron (1913-1979) Escritor francés.
“La dependencia de las personas de la televisión es el hecho más destructivo de la civilización actual.”
Robert Spaemann (1927-?) Filósofo alemán.
“La televisión es maravillosa. No sólo nos produce dolor de cabeza, sino que además en su publicidad encontramos las pastillas que nos aliviarán.”
Bette Davis (1908-1989) Actriz estadounidense.
“La televisión puede darnos muchas cosas, salvo tiempo para pensar.”
Bernice Buresh Escritora estadounidense

Joaquín y uno menos.

Estaba en el estacionamiento cuando se dio cuenta del desastre. Había pasado por allí siempre y nunca lo vio; era algo espeluznante, de esas cosas que te ponen la piel de gallina al hacerte la idea de que ya es muy tarde para reaccionar.

Joaquín pasaba siempre por aquel pasillo oscuro bañado de estrellas entre otras que ni tanto, de vez en cuando de lluvia. Juan, su hijo, un joven estudiante de secundaria, bastante tímido pero muy inteligente, lo suficiente para saber desde la pubertad que si se sumía en lo cotidiano de aquel lugar se le iban a morir los sueños. Desde pequeño aprendió a tocar un piano que algún huésped había olvidado en su casa, pues alquilaban un cuarto. Es bastante detallista y ordenado, muy conocido en el barrio ya que juega muy bien al basquetbol y  pesar de eso es de pocos amigos; tiene un buen porte y los rasgos hirsutos de su madre, su pelo negro y encrespado nunca tiene orden alguno  siempre y cuando no se desborde. Le encanta leer, literatura, filosofía, se le van las horas encerrado en su habitación saciando su sed por conocimiento, como pocos lo hacen hoy.  Todas las noches interrumpe cuando llega su padre a casa para cenar todos juntos.

Esa noche memorable tuvo una pesadilla, soñó que veía televisión, viejo y vacío.

Era un apartamento pequeño de tres recámaras, en la salita convivían todos en la hora de la cena, y las horas posteriores Juan se volcaba de nuevo en su lectura mientras su padre y su madre cumplían ceremoniosamente el acto de ver televisión hasta quedarse dormidos, todos los días, pero ese día fue diferente, al doblar la esquina, Joaquín, tuvo una especie de epifanía.

Aquel lugar era un complejo de unos cinco edificios separados por un amplio estacionamiento el cual nunca tuvo iluminación, aquel estacionamiento fue el escenario de cruentas peleas de perros, asaltos, ligas de baloncesto y uno que otro grito de mujer cabreada y macho bravío. Estaba dominado por una jauría feroz que reposaba en el fondo. El padre de Juan, tenía que atravesar todos los días aquel estacionamiento para entrar al edificio, como cualquier otro inquilino. Era un mesero de un restorán italiano muy lujoso, ha trabajado toda su vida allí y con eso le basta para mantener su modesto hogar, su conciencia tranquila y los clientes contentos. Llega todas las noches a su edificio, de vez en cuando le trae comida que sobra en el restaurante a los perros, en las sombras se reconoce fácilmente pues siempre viene fumándose un cigarrillo con la mano izquierda y su chaleco de satín que desde lejos avisa la llegada. Aquella noche se dio cuenta de su realidad después de tantos años de pasar por el mismo lugar.

Ese día lo sorprendieron en el restaurante con una sorpresa, el dueño del restorán revisando viejas notas recordó el día en que su querido padre contrataba a si primer mesero, Joaquín. Ese día se celebraban veintiséis años de aquel momento y quisieron agasajarle, así que esperaron a que llegara.

-¡Felicidades! –gritaron sus compañeros al llegar- . ¿Sabes qué día es hoy?

-Bueno, no es mi cumpleaños.

Joaquín en realidad lucía asustado pues nunca había visto algo así y menos con un empleado salvo el día que celebraron el último cumpleaños del padre del dueño hace mucho tiempo, Don Lucetti, italiano soberbio cuando estaba a solas y sonriente con los clientes, era enorme y panzudo. Sostenía la panza son unos tirantes endebles de sastre italiano. Le gustaba sostenerse de ellos exhibiendo su enorme sortija de oro que rodeaba un anular tan grueso como una zanahoria. Los empleados siempre chismorreaban en secreto si era más fácil saltarle por encima o darle la vuelta.

-Joaquín hoy celebramos veintiséis años de fundación.

-Vaya, eso es lo que llevo trabajando aquí –dijo sorprendido Joaquín.

Así que aquel día Joaquín, en contra de su voluntad, no trabajó, en cambio fue agasajado por todos, ya que era muy conocido entre los clientes. A la hora de salir, se despidió de todos con reverencia como siempre pero con la sonrisa que nunca había dado cuando se iba. Olvidó por primera vez en tantos años su viejo chaleco. Tenía la fortuna de ir caminando para su casa, pues vivía a unas cinco cuadras y conocía muy bien la ciudad. Ese día, lo creyó importante así que quiso tomar el bus en el corto recorrido hasta su casa. Iba hacia la parada sacando su caja de cigarrillos del bolsillo izquierdo, solo quedaba uno.

-Coño –pensó.

Hizo una incursión rápida con el índice para ver si no había otro en el fondo y encontró un papelito con la letra decorosa de su esposa que decía: “Que sea la última vez que fumas, si te encuentro otra caja te la enveneno”. Su mujer había montado una campaña para detener el vicio de su marido, el cual tiene desde los 14 años. Su papa le enseñó a fumar para ganarse la vida, era un santero conocido el cual nunca quiso que su hijo estudiara porque tenía que seguir la tradición familiar, importada desde el Caribe. No le quedaba otra que esperar silbando sin cigarro y sin chaleco. Empezaba la aventura de este hombre sencillo que sin su cigarro de todos los días estaba librado, por momentos, de lo cotidiano. Ya en el bus, se encontró con los clientes siempre, los saludó como siempre, casi creyendo que estaba en el restaurante. Aunque había algunos asientos prefirió ir de pie. Se dio cuenta de que la mitad de los pasajeros estaban ajenos al mundo aún mirando por la ventana, pues estaban conectados de alguna manera con sonidos de un mundo ajeno a sus circunstancias y otros tecleaban, casi amordazados, con sus dedos mártires el teclado que sus padres les regalara para entretenerles la vida sin que ellos pudieran darse cuenta, para que otros los educara a su antojo. Algunos leían un periódico y otros conversaban de lo que habían leído en el periódico y escuchado por la radio conversando conversaciones que otro tuvo de otro. A Joaquín se le prendió la chispa y pensó.

-¿Será que aquí nadie piensa?

Se bajó una parada después por andar criticándoles la media vida a los demás con cierto cargo de conciencia. En el camino a su edificio tropezó con un viejo que estaba sentado en las escalinatas de un viejo chalet. Aquel hombre, tenía una barba abundante y un español antillanizado. Por lo resquebrajado de sus pies, y lo largo de sus uñas se podía ver que tenía centenares de años encima. Ancho de espalda era un negro altísimo, el cual no le cabían los pies en la escalinata y los regaba a propósito en la vereda estrecha para que la gente le escuche, pues tenía una biblia y leía los mensajes que quería dar en voz alta, cuando no había nadie, balbuceaba los versos de salmos interminables. Cuando se acercaba el sorteo de la lotería sin reparo alguno incluía aquello en sus letanías, pues pretendía tener fe bajo el concepto que manejan la mayoría de las personas, que piensan que sus problemas les serán resueltos por una deidad la cual adoran y adulan. Joaquín, lo escucho por un rato hasta que anocheció pues tenía una cuenta pendiente con Dios por aquel día tan estupendo y quiso aprovechar la ocasión. El viejo se fue sin determinarlo.

Al llegar a su edificio dobló la esquina para atravesar el estacionamiento por todo el medio de los carros, entre los perros tirados en el pavimento, con una mirada perenne de perro sin dueño.

-Hoy no traigo comida –Le dijo al perro con algo de lástima.

Al decir eso se percató de su desamparo bajo la luz tenue de la luna. Levanto la cabeza y miro hacia el edificio de cuatro plantas donde vivía y vio decenas de balcones y ventanas en las que danzaban las cortinas con el viento, bajo siluetas fulgúreas y titilantes.

-Mierda –le dijo de modo superfluo a un perro que le olfateaba los zapatos de charol. –Aquí todo el mundo mira la tele.

Se sentó en el capó de un carro abandonado donde Juan se sentaba a pensar de vez en cuando, mirando las ventanas, los balcones mientras los destellos bañan el oscuro estacionamiento, se escucha una bulla calmada, con la parsimonia de algún locutor, alguna novela, alguien se enamora de su amor platónico, otros indemnizan sus placeres bastardos bajo la melena de sus pensamientos libidinosos, mientras que en su mayoría simplemente no sabían otra cosa que sentarse frente a la caja negra todos los días, quizás por querer tener una vida moderada o simplemente por la sencilla razón de que no alcanza para otra cosa, mojando lo duro de la vida en el café que tiene esa caja negra, paliativo por excelencia. Joaquín ve a las siluetas proyectadas en la pared que vienen y van, como escupidas por destellos de todos los colores.

-Que vaina, así que esa es la realidad María. –Suspiró mirando a su ventana-.

Podía ver la salita de su casa entre las plantas que tenían en el balcón para que les diera el sol. La luz estaba encendida así que supuso que estaban comiendo sin él y se atrevió a irrumpir a propósito, con un candor de niño en el vecindario con un silbido de esos que daba en el campo a sus amigos. Silbó con tal fuerza que el ladrido de los perros se escuchó por primera vez en años y una que otra silueta se dibujaba en las ventanas. Juan lo reconoció de inmediato y se asomó por el balcón asustado. Trató de buscar alguna centella sobre una mano izquierda con un chaleco de satín entre las sombras, pero lo encontró sonriente acostado sobre la tapa de el carro de los perros bañado por un juego tenue de luces que retaban a la luna.

-¡Aquí estoy!

Ya te vi, voy a bajar. –responde Juan extrañado.

Y su madre añadió:

-¿Quién es?

-Mi papa.

La respuesta, aunque era algo inédito que estuviera  llamando desde abajo, a ella le pareció indiferente pues estaba sumisa en la novela, su pregunta fue solo para falsificar una intención de interés maquinal sin perder de vista la tele. María, una mujer de esas que se nota que fue bellísima en su juventud, de hecho lo había sido, hasta que se tiró al abandono en aquel tugurio por creerse fracasa de la vida, pues nunca pudo ser actriz como siempre quiso. Desde aquella época, cuando empezó la incertidumbre, decadencia y descontento cumplían el rito diario de mirar una pantalla embobados, hasta el punto que, algunos tienen días que no salen de sus casas y los que salen, van donde la pantalla les ha dicho que vayan. Creen que eligen, pero ya no son ellos. Lo poco que conocen del mundo y la jactancia de conocer lo último de la tecnología a través de una pantalla que con el tiempo se atreven a competir por ver quién es más pendejo, es decir quién tiene la más grande.

Mientras en el estacionamiento se daba una conversación entre padre e hijo, en esas en las que los hijos son los que aconsejan a los padres, pues Juan tenía un juicio plausible y no lo había tocado la crisis, las desventuras de la vida, la rutina, había conocido lo malo y lo bueno pues era un bario difícil, supo sacarle provecho a lo poco que tenía sobre todo aquella noche inverosímil conversando con su padre y quitando las telarañas que tenía en el pensamiento adormecido por los años, la rutina y la tele.

-Maldita tele, toda se me pasó la vida sentado en frente de esa cosa.

-No te preocupes papá, pues solo tú te has dado cuenta –señaló con mirada cómplice la ventana donde salió el fogonazo por la cruenta batalla que tenía el vecino del 16, o el documental del fin del mundo de los Rodríguez.

-Y que puedo hacer, mira ahí, a María como se la comen los fogonazos violentos de las siete, o los tenues matices repletos de odio de las ocho en punto. Toda la vida frente a tus ojos, viviendo la vida de los demás a través del telón donde pasan la función de la vida que no vivimos y que muchos quieren.

-No puedes hacer nada, no es tu culpa.

-¡Pero mira toda esa gente!

-No les queda de otra, esa es la verdad, la vaina está dura –dijo Juan con paciencia de abuela consejera encogiendo los hombros.

La verdad que Joaquín se sentía responsable solo por su esposa, pues al conocerla no hizo más que llevarla al cine, conversar de la vida de los demás, contar cuentos de otros. Pocas veces fueron ellos mismos, casi inmaculados, sin dejar de hacer nada que la pantalla no les dijera que hacer. Joaquín y su hijo tenían que subir a casa, pues era la hora en la que llegaban los que poco le debían al mundo no por lo que habían robado, sino mas bien por lo que nunca le dieron. Se sentaban en el mismo carro abandonado que vendieron por partes en algún robo para salir del apuro y poder comprar más sustancia. Esa que fumaban todas las noches en ese mismo lugar extasiados, mirando todos esos destellos que salían de las ventanas, pues en ese sopor ellos también se daban cuenta del desastre cuando estaban en ese estado, se sentían extasiados mirando cómo les desvalijan la vida a la gente de las ventanas, pero éxtasis al final.

María, al percatarse que su esposo no estaba sentado al lado de ella en el sofá, miró por el balcón y no vio mas nada que unos cuantos perros tendidos en la calle y otros cuantos en el letargo debajo del vaho de la hierba seca quemada. No vio los destellos de las ventanas. Corrió preocupada a la cocina a ver si no estaban allí, al ver que no estaban harta de miedo se acostó en la cama y se arropó hasta la cabeza pues siempre había tenido el profundo miedo de que los santos caribeños vendrían a buscar a su familia así como lo hizo con sus padres.

Al llegar arriba abrieron con cuidado y saludaron al sofá, entre sonrisas se escuchaba todavía la tele encendida. Pasaron a la cocina a tomar agua y al ver que no había nadie en el sillón fue a la recámara y la vio empapada en llanto que mojaba su silueta en toda a sábana que le cubría el rostro y pensó:

-También se dio cuenta.

Se acostó rodeándole el costado con el brazo derecho y le susurró al oído:

-Dime que te diste cuenta.

-¿Qué? Lo de los cigarrillos o de que creo que estabas con otra, pues se me hace raro que llegues tan tarde. –Respondió a regañadientes entre los sollozos.

Joaquín se sintió solo en su fortuna, era evidente que ella no había tenido la misma epifanía que él y no repetía más que las situaciones que había visto tantas veces en la tele.

Esa noche, Joaquín soñó que su hijo veía tele, viejo y vacío.

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