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El pez muere por la boca

Aquí dejo otro cuento más, espero comenten……


El pez muere por la boca

“Reconociendo y reafirmando que las personas indígenas tienen derecho sin discriminación a todos los derechos humanos reconocidos en el derecho internacional, y que los pueblos indígenas poseen derechos colectivos que son indispensables para su existencia, bienestar y desarrollo integral como pueblos…”

Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas

Lázaro entra en el depósito y camina directamente hacia el patrón, con la misma facha de trabajo. Don Esquivel, conocido por sus amigos como pescao´ ha sido siempre evasivo con él, así como con todas las cuentas que le vienen a cobrar. Tal vez subestima a sus empleados, pero Lázaro es diferente. En la comarca, de donde viene, sin poder vender sus cultivos, tuvo que trabajar en la empresa extranjera, como todos los demás. Se acostumbró a que le pagaran el día, nunca nadie tuvo un trabajo fijo. Para fin de mes la tragedia sería inevitable.

-Patrón, -dice Lázaro con un semblante sumiso- No me ha pagado las dos últimas semanas.

-¿Y para que quieres esa plata?, Total tienes que pasar todo el mes aquí cargando cajetas. A fin de mes te doy todo eso, aquí no gastas nada –Respondió manoteando pescao´.

-Otra cosa. ¿Cómo está Rafaela? –Preguntó mirándolo a los ojos, buscando su reacción.

-Ella está bien Lázaro, no te preocupes, un día te llevo por allá por la casa para que la veas.

El patrón usaba siempre el ardid de pagar a fin de mes, porque así no se daban cuenta que les descontaba una semana, así las ganancias eran mucho más altas y podía contratar más personas. Rafaela, la mujer de Lázaro era una mestiza, era muy bella para vivir en la comarca, Don Esquivel le dio trabajo a Lázaro con tal que aceptara que ella fuera parte de la servidumbre de su casa. Confusamente aceptaron el trato, con la condición que se vieran una vez al mes y pudieran renunciar cuando quisieran, para regresar a sus cultivos. Al patrón le encanta verla barrer los pisos, recoger las hojas del jardín, le fascina verla sudar cuando cocina. Su piel canela brillando por la transpiración, admirando las gotas que se escurren desde su cuello y se pierden entre el oscuro pasaje de sus pechos hermosos. En más de una ocasión la estrujó contra el fregador y le apretó las tetas y las nalgas con una severidad, demostrando su libídine sin astucia mordiéndose sus labios.

-Señor, que hace. Lo va a ver la señora –Le decía con cierta candidez Rafaela.

-Dime pescao´ mi amor. –Le susurra con voz traviesa y acariciándole la oreja con los labios a medida que habla.

Lázaro es un pequeño indio de espalda ancha y brazos fuertes marcados por venas sobresalientes, sus manos tan duras como cutarras, resquebrajadas y duras del arduo labriego. Se le caracteriza por el mechón de pelo que siempre tiene despeinado, sus pantalones de poliéster y sus botas de trabajo, que nunca se las quitaba. Sus manos, manchadas de naturaleza por entre sus uñas, evidenciando su pasado de agricultor. Tiene varias cicatrices, producto de peleas en la comarca y uno que otro encontronazo con animales, como el gobierno. Heredó la casta del Teribe, hombre de río y naturaleza indomable. Hace mucho que no ve a Rafaela, y ya le empieza a parecer extraño el asunto, porque al principio el pescao´pendejo ese lo dejaba verla.

A fin de mes el patrón decide liquidar a Lázaro, arguyendo que no lo necesita más y las exportaciones están bajando. Con el fin que se vaya para su comarca a dedicarse a sus cultivos, y quedarse con Rafaela mientras manda a la señora de viaje. Tenía todo planeado, menos convencer a esta bestia bruta que se olvide de su chola –pensaba Don Esquivel, el pescao´- . Había pensado lo que le saldría más barato y sin lastimar a nadie. Le diría a Lázaro que Rafaela había muerto en el mar cuando se dirigían a una isla en Changuinola, y que no han podido encontrar el cadáver. Así no se pone a buscar nada y se larga para su comarca.

En la fila de pago, toda la planilla espera su paga (con una semana descontada por artificio de pescao´) y el patrón toma a Lázaro por la espalda, con cara de afligido y le cuenta lo sucedido en altamar. Lázaro como hombre fuerte que es, y tímido se prohíbe romper en llanto en frente de todos, pero se tapa la cara con el sombrero, arruga el rostro en la oscuridad de mimbre, y como si le exprimieran el alma, caen un par de lágrimas en sus botas. Hay que reconocer que pescao´ se conmovió ante el cuadro y al él no le descontó la semana, y le dio el pago que le correspondía a Rafaela, le dio para el pasaje y le regaló un par de semillas para que sembrara en la finca, y le prometió que le prestaría un carro para que sacara la producción. Todo para que se fuera rápido, pues la señora estaba fuera del país, y quería hacerlo con Rafaela, que esperaba a Lázaro porque era fin de mes.

Lázaro no podía mas con el llanto, pasa por la cantina propiedad de pescao´, arengado por todos sus compañeros de trabajo, se toma un par de cervezas y se compra una pacha de seco. Tambaleante se dirige al puesto, que está cerca de aquel lugar, va en buscar de su preciada Rafaela, quien vio por última vez al lado del patrón sonriente, y descarado. Esa sonrisa que brillaba bajo el bigote de pescao´ le pareció un poco burlesca, hasta ese día le vino de nuevo el pensamiento que el patrón quería algo con Rafaela, ya había tenido ese problema en la comarca, pues era una chola guapa. Como era sábado fue a la ferretería y se gastó casi toda la paga en un puñal, con cacha de acero cromado y en relieve dos tiburones cruzados.

-Esos son buenos, son para ir de pesca. –Le explicó el vendedor.

-Sí, este me va a servir, ahora voy de pesca. –dijo Lázaro botando un tufo de borracho entre su sonrisa.

Se dirige a la casa del patrón, donde ve el carro estacionado fuera. Recuerda que cuando termina la temporada de exportación la patrona se va de viaje. Abre el portón sin mucho esfuerzo y observa con detenimiento la casa, de dos niveles. Entra en el zaguán apretando la cacha del puñal, sobando con el pulgar el tiburón de acero y pensando al mismo tiempo –Ya vas a ver pescao´ pendejo quién es el bellaco aquí.

Nota un silencio en la sala y ve la ropa tirada en la escalera. Los pantalones del patrón, la falda de Rafaela, las botas, el sombrero. Hasta que rechinaba los dientes, y subió por la escalera sin hacer ruido y presionando cada vez más la cacha del puñal a medida que subía los escalones. Trataba de asomar la cabeza entre la baranda anticipando mientras sube, buscando con la mirada. Al subir la escalera ve un montón de maletas y una copa rota en el piso y las esquirlas flotando en un vino rancio cuyo aroma era opacado por el hedor alcohólico que traía Lázaro –La patrona no se ha ido,pensó-, Lázaro empieza a dudar de su proeza y voltea la mirada al piso de abajo para rectificar que la ropa tirada es de Rafaela.

De repente, en el último escalón,  Lázaro siente una respiración vaporosa en su nuca, con aliento a vino. El sudor le cae al Lázaro, que se encoge de hombros y asustado piensa en darse la vuelta. El puñal penetra surcando las tripas y la sangre se mezcla con el vino anegado en el piso y empieza a flotar el anillo de bodas de la patrona. Cae el bulto al piso y retiembla como un pez fuera del agua, sin retorcerse ni hacer ruido, ha sido fulminante la entrada del filo del puñal. En su espalda sobresale una empuñadura enchapada en oro con diseños de caballos corriendo. Lázaro las mira a las dos, sobresaltado, ambas ultrajadas, una por la concupiscencia y la otra por la infidelidad, esta última con sangre en sus manos.

Eric Lucero


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