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Curtido, tejido y perdido

Curtido, tejido y perdido


Pasaron cinco años para que lo vieran caminando por el pueblo. Había estado encerrado, esperando desde las cuatro de la mañana el desayuno que le llevaba Nora, su hermana. Nunca nadie entró en aquella casa en esos cinco años, a excepción de los niños bellacos que se iban por detrás de la casa a ver que hacía el viejo. Lo veían, cuando se dejaba ver, en la hamaca fumando abstraído con el humo, como si le dijera algo, o si no matando una gallina para que su hermana le cocinara. Tenía en la sala, una foto de su esposa, que se veía desde la hamaca y el catre.

Había un revuelo en el pueblo. Cinco años después, se vio por las calles del pueblo un personaje que muchos creían muerto, y los niños que juegan sonrientes en la plaza nunca lo habían visto. Pálido y caminando con un sosiego, los años acostado en la hamaca le habían entumecido las piernas para caminar, la gente lucía asombrada, desde los balcones se veía la gente asomada y no por el jadeante zombi que camina por la calle a pleno mediodía, sino que era el mismísimo Don Geranio, caminando casi muerto después de cinco años lo que levantaba tanto estupor en el pueblo. Caminaba cerca de la plaza, algunos padres corrieron a buscar a sus hijos que se quedaban atónitos al ver al rancio hombre caminando, y al pasarle cerca sentían el tufo arcaico de cosas en estado de putrefacción, parecía un muerto salido del cementerio. Al doblar por la calle de la iglesia, los más viejos del pueblo se dieron cuenta de su destino, la gente se empezó a esconder en sus casas; ya no había nadie en los balcones y a medida que caminaba por las casas, así mismo se escuchaban las ventanas cerrase son violencia.

Los que lo vieron más de cerca, pudieron ver sus ojos el color grisáceo y ver en ellos su longevidad. A media cuadra de la iglesia se detiene, como contando los pasos, da media vuelta y se mete en el portal de una casa. Era la casa de su hija, Cecilia. La familia de la casa contigua había salido corriendo hacia la casa de enfrente, poniendo a los niños debajo de las camas, tratando de silenciar el llanto, que no eran los únicos que se escuchaban en el pueblo pues estaba lleno de ladridos de perro y gemidos de niños desde que rechinaron las bisagras de su casa al salir.

Cecilia lo encontró perdido en el zaguán. Le sorprendió su cabello canoso y el machete que le acompañó todo el camino, que parecía extraño que un hombre tan viejo pudiera levantar semejante machete, aún así, siempre se caracterizó por meter buenos sablazos.

-¿Dónde está?- Le preguntó sin saludar

-Bueno Geranio, por semejante soqueteada has armado tanto alboroto.

-¡Carajo, que donde está te pregunté!- Exclamó presionando la empuñadura con todas sus fuerzas.

-Por favor, tranquilízate, te va a dar una vaina.

-Donde vea a ese maricón, lo descuartizo.

Lo dijo con tanta certeza que, viéndolo parecía inverosímil, pero Cecilia sabía que era capaz de morir en el intento.

-Te está creciendo la barba- Trató de cambiar el tema.

-Quítate de enfrente que voy a entrar- dijo convencido Geranio.

Cecilia corrió a cerrar la puerta, pero el Geranio interpuso el machete y haló con una fuerza descomunal. Solo en ese momento Cecilia sabía que lo iba a matar. Registró la casa con paciencia, como si no estuviera buscando nada importante, siempre con el machete listo para tasajear al desgraciado cuando se diera la oportunidad. Ahogada en llanto, tirada en la sala, Cecilia no tiene otro recurso que tratar de persuadir a su padre.

-Ya, por favor- encontrándose con la mirada gris de su padre.

-¿A ti que te pasa?, ¡déjate de ta´ escondiendo a la roña esa y dime donde ta´!

Levantándola con el filo del machete en la barbilla suavemente, la mira detenidamente:

-Escucha lo que te voy a decir

-¿Por un sombrero?- interrumpe sollozando.

-Por un maricón- responde mirando un cuadro de la pareja justo en frente de ellos. –Ese maricón de tu marido tiene varios días de estar metiéndose en mi casa.

-¿Y cómo sabes que es él si ni puedes ver?

-Se le siente el olor a perro, y la última vez entró con llaves. Sé que se quiere robar las prendas de tu mama- En ese momento quitó el machete y cambió el semblante.

-Yo voy a hablar con él- trató de negociar Cecilia.

-Hablar un carajo, el que va a hablar es éste- Dijo moviendo el machete- desde hace dos días duermo con las prendas de tu mama metidas en el sombrero que dejo en el taburete al lado del catre, ese sinvergüenza quiere vender esas prendas.

-Que las venda, aquí nadie va a usar eso.

-Yo sé, ustedes no tienen cultura, lo único que quieren es plata. El problema es que esas prendas eran de tu mama y el que las tenga va a conocer a mi machete.

De verdad que Don Geranio tenía buena fama con el machete, compañero de trabajo. Cuentan que una vez, de un solo machetazo tumbó dos horcones de cedro amargo del portal de la casa de Don Esquivel porque le había robado una vaca, tumbándole en un santiamén la fachada con todo y techo.

-Ya tengo es miedo que me envenenen la comida- Agregó Geranio.

En eso entra Nora, que venía gritando desde la calle, sus gritos interrumpieron en la sala y le dieron un aire de tragedia.

-¡Cecilia, Cecilia!- Cuando la tuvo de frente, su expresión no cambió al ver a su hermano, tan diferente sin sombrero.

-¿Cuál es el alboroto?- responde desconcertada Cecilia.

-Se ahorcó- dijo sin tardanza ni remordimientos, pero con voz temblorosa.

Después de romper en llanto, se escuchó el estrepitoso chirrido del machete surcando el piso. Fue ahí donde Nora entendió porqué tanto revuelo en el pueblo, y la razón de la visita, y se dio cuenta el motivo por el cual ambos, tanto su hermano como el ahora occiso lucían tan diferentes, pero al mismo tiempo, parecían el mismo en distintas épocas.

Ya el Sol había bajado un poco, pero no el revuelo. Todos lo asociaban con Don Geranio. Caminaron hasta la plaza, y vieron el tumulto frente a la casa del viejo.

-¡Mierda!, mira a dónde se vino a morir este desgraciado- exclamó despiadadamente el anciano.

Entraron a su casa, la gente se apartó. Cecilia y Nora al ver el cuerpo rompieron en una serie ininteligible de sollozos y lamentos. Ahí estaba el hombre, a la deriva de la brisa, meciéndose, como burlándose de la muerte después de muerto, ensombrerado y encutarrado, como nunca antes había estado. Encima del taburete había ocho mil dólares y una carta para Cecilia, no había joyas por ningún lado. En ese momento Geranio se dio cuenta que había salido de la casa descalzo, y miró al cadáver, apretando la cacha del machete y rechinando los dientes, con ganas de rebanar al maldito todavía.

-¡Hijo de puta!, en mi casa, con mi sombrero y mis cutarras.

Eric Lucero

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4 Respuestas a “Curtido, tejido y perdido

  1. Lourdes ⋅

    Muy bueno el cuento! Te felicito! 🙂

  2. ODIO A MARTINELLI ⋅

    MUY BUENO ERIC, ME ALEGRA SABER QUE EN NUESTRO GRUPO EXISTEN PERSONAS DE LA BUENA LECTURA Y ESCRITURA, FELICIDADES HERMANO CONTINUE INSTRUYENDONOS SIEMPRE…

  3. Ariel

    Hola Eric! Gracias por dejar tu comentario en contrapunto y por las palabras de animo en cuanto al blog. He leido las entradas que tienes y me parecen muy buenas, me gustó sobre todo el último cuento, del viejito implacable, aunque no sé si esa era la idea que estabas tratando de transmitir pero así lo entendí yo y me gustó. Te estoy siguiendo en Networked y vamos a ponerte un link en contrapunto. Sigue adelante, en Panamá necesitamos más gente dispuesta a pensar y escribir.
    P.D.
    Yo tengo otro blog individual, mucho más descuidado, pero en el que me atrevo a hacer algo de cuento y poesía, si quieres darte una vuelta por allí
    http://www.alavueltadelahoja.blogspot.com
    saludos

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