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Ecos Púrpura

Ecos Púrpura

Es muy grave que un solo hombre pueda vivir distraido de esta realidad, pero es mucho peor y más atroz si es la humanidad los que pasamos y nos encogemos de hombros.

Mario Benedetti

María Coronado se despierta a las nueve de la mañana con un dolor que le merodea en la espalda, el costillar, los pómulos y una jaqueca pululante. Se revuelca medio dormida y medio despierta en el charco de dudas de su cama, donde al amor duerme lo que ellos no, escurrido hacia el fondo del suelo anegado de aquella casa ahogada. Con su mano tantea (chapalea) al lado vacío de la cama, arrugado y todavía caliente.

-Ya se fue. –Pensó, lánguida a la espera de su regreso.

Da mil vueltas pensando, entre otras cosas, la agenda del día. Se sienta en la cama pensando si se le olvida algo. Ya sentada en la cama, la casa estaba inundada hasta las rodillas, de preguntas y ecos púrpuras. Se levanta con sus rodillas trémulas y pies descalzos hacia el baño, de rutina, cada paso o brazada que da en ese changuatal trae consigo el eco púrpura que grita agonizante en aquella casa, con sopor de asilo.

Frente al espejo del baño, los ecos purpura le persiguen, aparecen, se van; ensaya cándida una sonrisa, que no se ve ni se escucha entre tantos ecos y la plétora de mentiras e ilusiones en que se encuentra sumergida la casa. Se enjuaga las penas en la ducha, que no le basta estar hasta los muslos sino que tiene que bañarse también con agua limpia. A medida que se baña, se tiñe de púrpura y rojo el océano transparente con fondo de mármol, pero María sigue en la zozobra, sola en su naufragio, donde retumban, entre los recuerdos de tiempos felices que se reflejan distantes en el techo con los destellos del agua, los ecos purpuras.

María no puede salir de la casa por la lluvia que ha estado jodiendo desde hace varios meses. Quedaría empapada apenas saliera de la casa; quizá por la ciénaga de preguntas del supermercado o el oscuro pantano de miradas de la farmacia. El caso es que los ecos purpura la persigue, ya son parte de ella. Llueve mucho últimamente. Es temporada de estrés y de lluvia. María espera deseosa que escampe y a la vez, no. Sea cual fuere, que sus ecos purpura paren de gritar por los espejos, las paredes y los cuadros y adornos rotos de la casa, que flotan de un lado a otro gritando, pululando, sollozando. Mientras espera, se dispone a mirar atenta por la ventana, la vista de la ciudad.

Al asomarse por la ventana, el sol de las nueve y media le hizo brillar los ojos pálidos de zafiro, penetró y bañó la casa encharcada y pintó de verde unos ecos purpura que le subían por los pómulos. Atolondrada todavía, con sus pies arrugados por la ciénaga, queda mirando impávida al horizonte y ve venir con anticipación y certeza lo que tenía previsto que iba a suceder, y de esta manera salen, en diáspora, sus sentimientos, sus agudezas, sus esperanzas y su voz. Solo le queda su silencio para apaciguar el dolor que causan los ecos purpuras que ya retumban, pues todavía se puede ver el carro de su marido estacionado. No se ha ido.

Así como en el horizonte mira imperturbable las nubes negras, que tenía previsto llegaran, tanto ella como cualquier otro podría asegurar que iba a llover, pero solo ella sabía que en unos instantes iba a llover dos veces, dentro y fuera de la casa. Para seguir alimentando el charco, los ecos de los espejos y el puño de algún bárbaro.

Eric Lucero

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